Nº 39 - Estados Unidos

Abraham Lincoln: la consolidación de una nueva nación

Este artículo forma parte de un proyecto de investigación más amplio, en dos bloques, denominado "Nación y Libertad: el nacionalismo liberal en los Estados Unidos y Occidente". Una primera parte resultó en la publicación de mi ensayo "Alexander Hamilton: los orígenes del nacionalismo político contemporáneo" (Revista de Estudios Políticos, 127, Madrid, 2005). Pendiente queda para un futuro, espero no lejano, una tercera parte del primer bloque, a la que titularé "Theodore Roosevelt: la conciencia nacional del Imperio". Quiero dedicar este ensayo al Dr. Frank T. Brown y a su esposa, Alice, residentes en Saint Cloud, Minnesota, cuyas familias están repartidas por ese estado, Utah y algunos lugares del Sur.

A new Nation, conceived in Liberty, and dedicated to the proposition that all men are created equal (Abraham Lincoln, Discurso de Gettysburg, 19 de noviembre de 1863).

Introducción

Hace casi tres décadas, Oscar y Lilian Handlin publicaron la breve pero meditada obra Abraham Lincoln and the Union (Boston, 1980), en cuyo prólogo se preguntaban: "¿Otra biografía de Lincoln? Seguramente pocos temas han tenido un tratamiento tan extenso (...) Quizá sólo Napoleón entre todas las personalidades históricas ha suscitado tanto interés. Pues sí, hay algo nuevo que decir"[1].

En fechas más recientes (noviembre de 2005), otro prestigioso historiador, James M. McPherson, en una recensión de otro importante libro sobre el gran presidente norteamericano, Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln, de Doris Kearns Goodwin (New York, 2005), reflexionaba en la misma línea: "Ocupan los estantes de las librerías más libros sobre Lincoln que sobre cualquier otro americano. ¿Se puede decir algo nuevo acerca del décimosexto presidente? Sorprendentemente, la respuesta es sí" (The New York Times Review of Books, 6-XI-2005, p. 1). Y todavía más recientemente Andrew Ferguson, en el prólogo a su Land of Lincoln (2007), anotaba: "Se han escrito sobre Abraham Lincoln más libros que sobre cualquier otro americano –casi 1.400–, y la mitad de ellos comienza diciendo que se han escrito sobre Abraham Lincoln más libros que sobre cualquier otro americano. Éste es uno de ellos"[2].

La conmemoración, en 2009, del bicentenario del nacimiento del presidente generalmente conocido como El Gran Emancipador (1809-1865), una especie de santo y mártir secular ("The greatest character since Christ", llegó a escribir su fiel John Hay), y, junto a George Washington, siempre en el tope de todas las listas y rankings –tanto populares como académicos– de los grandes presidentes de los Estados Unidos, ha provocado ya un auténtico torrente de publicaciones, libros y artículos, aparte de otros actos conmemorativos que vamos a continuar presenciando a lo largo del presente año. Véanse, como ejemplos entre las revistas de divulgación histórica, los números especiales sobre Lincoln de American History (febrero de 2009), de American Heritage (invierno de 2009, vol.58, 6), y de Smithsonian (febrero de 2009), con diversas colaboraciones de especialistas, y anuncios de celebraciones y de nuevos libros sobre el personaje de R. C. White, P. B. Kunhart III (et al.), J. M. McPherson, H. Holzer, H. Holzer y J. W. Shenk, C. L. Symonds, D. G. Faust, W. L. Miller, G. J. Prokopowicz, E. Foner, etc. Simbólicamente, la figura de Lincoln no sólo está presente desde 1937 en Mount Rushmore, el Santuario de la Democracia (junto a los otros dos grandes hamiltonianos, Washington y Roosevelt, y el demócrata Jefferson), en el magnífico grupo esculpido en proporciones gigantescas por Gutzon Borglum, sino que la impresionate y no menos colosal escultura sedente del Lincoln Memorial, de Daniel Chester French –con la colaboración de los hermanos Piccirilli, marmolistas–, preside desde 1922 el National Mall, frente al Capitolio, en Washington D. C., como testigo especial y olímpico de las ceremonias inaugurales de cada Presidencia.

Personalmente, creo que la vida y el pensamiento de Lincoln están ya exhaustivamente investigados, y, a diferencia de lo que opinan los Handlin y McPherson, que prácticamente nada nuevo y relevante se puede decir. La última obra de Eric Foner (2008), y sus artículos "Our Lincoln" (The Nation, 26-I-2009) e "If Lincoln Hadn't Died..." (American Heritage, invierno de 2009), por ejemplo, aunque muy interesantes, son ya pura especulación histórica o historiológica, cuando no ideológica. En nuestro caso, por tanto, la justificación de un ensayo sobre Lincoln es más modesta, aparte de la conmemoración del bicentenario de su nacimiento. No se trata tanto de decir algo nuevo desde el punto de vista historio-biográfico como de reflexionar desde una perspectiva politológica acerca del significado histórico de Abraham Lincoln, especialmente en un ámbito académico como el español, que no se caracteriza precisamente por un conocimiento sólido y amplio de la historia y la política de los Estados Unidos de América y donde el eurocentrismo cultural (la mayoría de las veces como máscara de anti-americanismo) es letal.

Al escribir este ensayo he tenido en cuenta el método de análisis político-ideológico del enfoque propugnado por la escuela de Leo Strauss, y particularmente por sus discípulos Harry V. Jaffa y George Anastaplo, eminentes lincolnianos. Por cierto, compruebo con satisfacción que también la American Political Science Review se ha abierto últimamente a la discusión seria de las ideas y métodos straussianos, con la publicación de artículos de Benjamin R. Barber, David Ketter y Devin Stauffer[3].

El problema de la Consolidación

En las últimas tres décadas ha sido objeto de especial atención por parte de las Ciencias Sociales (Ciencia Política y Sociología) el problema de las transiciones y consolidaciones democráticas, principalmente desde una perspectiva minimalista, muy condicionada por los enfoques y las metodologías behavioristas. En este ensayo se postula una reflexión, desde una perspectiva histórica, sobre el significado de la presidencia de Abraham Lincoln en una coyuntura ciertamente crítica de la experiencia americana, en la que coinciden la consolidación de la propia Nación y la del proyecto liberal-democrático. La Guerra Civil (1861-65), con sus precedentes y consecuencias, significó la prueba decisiva que resultó en dicha consolidación, y en esta coyuntura histórica convergen las tres rebeliones anti-federales que, de carácter independiente cada una de ellas y aplicando enfoques políticos específicos, Lincoln tuvo que encarar y resolver: la confederal de los estados del Sur, la de los sioux en Minnesota y de los mormones en el estado de Utah.

A diferencia de Alexander Hamilton y Theodore Roosevelt, junto a los que nuestro personaje conforma la trilogía que vengo investigando sobre el proceso histórico del nacionalismo liberal norteamericano, Lincoln no era un intelectual, sino un gran orador, un político pragmático, sagaz y posibilista, aunque con valores morales muy claros y firmes. Por su profesión de abogado, era un gran conocedor de las leyes y de la Constitución, y, como Hamilton, era partidario del federalismo integrador, unionista (además de abolicionista gradual, por convicciones morales, en el asunto de la esclavitud, posición minoritaria que también habían defendido Franklin, Adams y Hamilton entre los Padres Fundadores) y asimismo defensor del "ejecutivo enérgico" que Hamilton había postulado en el artículo 70 de El Federalista. Son algunas características que volveremos a encontrar en el perfil de Roosevelt (en éste vemos, por cierto, cierto reformismo progresista que ya aparece también en el Lincoln de la Guerra Civil). De hecho, se puede establecer un linaje ideológico que va desde el partido federalista (de Hamilton y Washington) al whig (primera filiación de Lincoln) y, finalmente, al republicano (de Lincoln y Roosevelt).

La interesante, y en este aspecto única, obra de Hans Sperber y Travis Trittschuh American Political Terms. A Historical Dictionary (Wayne State University Press, Detroit, 1962) recoge la voz consolidation con unas connotaciones histórico-políticas particulares. Según los autores, el término se comenzó a usar sistemáticamente en el contexto de los debates constitucionales de 1787, y desde un principio fue aborrecido por los partidarios de la soberanía de los estados. En junio de tal año, Gunning Bedford Jr., delegado de Delaware, uno de los detractores del concepto, afirmaba: "No hay término medio entre una consolidación perfecta y una mera confederación de los estados. La primera está desechada, y la segunda debe continuar, pese a las imperfecciones, como soberana". En septiembre escribía George Washington: "En todas nuestras deliberaciones sobre el tema debemos mantener firme nuestro punto de vista, que nos parece el de mayor interés para todo verdadero americano, la consolidación de nuestra Unión" (ob. cit., página 98). Hay razones para sospechar que las palabras de Washington estaban inspiradas por Alexander Hamilton, que desde 1776 era su consejero en cuestiones constitucionales y postulaba la necesidad de una unión más perfecta de los estados. De hecho, en el artículo 9 de El Federalista (noviembre de 1787) Hamilton se refiere al mismo tema: "Una distinción (...) ha sido suscitada entre la confederación y la consolidación de los estados". En 1800 Jefferson afirmará: "Creo firmemente que un gobierno consolidado llegará a ser el más corrupto en la Tierra". Y Madison, en 1824, sostendrá, anticipando a Calhoun: "La consolidación, en su aplicación actual y controvertida, significa la destrucción de los estados transfiriendo sus poderes al gobierno de la Unión"[4].

Desde una perspectiva histórica, los recelos y argumentos contra la consolidación en Jefferson y Madison retomaban un linaje ideológico que se remontaba a la Revolución y la Independencia, cuando, invocando una fórmula que se plasmó en los artículos de la Confederación (1781), representó el punto de vista de los esclavistas y anti-federalistas (Madison haría un paréntesis desde 1787, en su etapa como delegado en la Convención de Filadelfia y de colaboración con Hamilton, en la empresa de El Federalista, que abandonaría hacia 1796, al fundar con Jefferson el partido demócrata). Posteriormente un discípulo de ambos, John Calhoun, elaborará la teoría constitucional más sofisticada en defensa de la soberanía de los estados (frente a la soberanía popular) a partir de los conceptos de nullification y concurrent majority (versus numerical majority), y de la defensa de la peculiar institution (es decir, la esclavitud), aunque él personalmente defendiera siempre la Unión. Lo peculiar de tales concepciones, retomadas por Stephen Douglas bajo la advocación de la soberanía popular y una metodología estrictamente democrática durante sus debates con Lincoln en 1858, era el abandono de los principios morales del derecho natural que habían inspirado la Declaración de Independencia de 1776 y la filosofía del régimen constitucional federal. De acuerdo con Jaffa, es el historicismo racionalista (los "derechos de los estados", según Calhoun) y el behaviorismo abstracto y neutral (la "soberanía popular", según Douglas), sin consideraciones morales, lo que rechazará Lincoln, que se convertirá así en el líder nacional del nuevo partido republicano y en su exitoso candidato presidencial en 1860 (aunque la suya fue una victoria minoritaria porque se presentaron otros tres aspirantes: un demócrata, un demócrata constitucional y un whig)[5].

Las tres rebeliones anti-federales

En este ensayo voy a limitarme a analizar la mentalidad política de Lincoln desde la perspectiva histórica de la consolidación de la nación y la democracia americanas, y para ello voy a centrarme en su actitud y conducta ante las tres rebeliones anti-federales que acontecieron durante su breve mandato presidencial, así como en la metodología que adoptó ante cada una de ellas. Como rasgo recurrente en cada una de las crisis, destacaremos su sentido común, su firmeza política y su claridad moral.

1. La rebelión confederal de los estados del Sur

La proclamación unilateral de independencia por parte de Carolina del Sur (Palmetto Republic), el 20 de diciembre de 1860; el nacimiento de la Confederación (Southern Republic), el 4 de febrero de 1861; la aprobación por unanimidad de la Constitución de los Estados Confederales de América, el 11 de marzo de 1861, y finalmente el ataque al fuerte Sumter (Carolina del Sur), el 9 de abril de 1861, jalonan el proceso hacia la Guerra de Secesión, ante el cual el nuevo presidente Lincoln adoptará inicialmente una actitud flexible, en vistas a la resolución del conflicto con la mínima violencia, para evitar la guerra civil. Pero la postura de la Confederación de los Estados de Sur fue la de radicalizar el conflicto y llegar a un punto de no retorno, con el objeto de provocar la secesión/indepedendencia. La vieja cuestión de Confederación o Consolidación alcanza su momento histórico crítico.

El historiador James M. McPherson, en su obra Abraham Lincoln and the Second American Revolution (1991), cita unas palabras del presidente en un discurso dirigido al Congreso el 4 de julio de 1861, iniciada ya la Guerra Civil, en el que plantea la necesidad de la consolidación nacional y democrática: "Nuestro gobierno popular ha sido frecuentemente llamado un experimento (...) Dos cuestiones sobre ello: una, nuestro pueblo ha resuelto con éxito el establecimiento y administración de dicho experimento. La otra todavía está en el alero: el éxito de su mantenimiento contra el formidable atentado que pretende destruirlo"[6]. Aunque la terminología es distinta, Lincoln alude a los mismos problemas y conceptos que hoy manejamos en las Ciencias Sociales acerca de las transiciones y consolidaciones democráticas: los términos lincolnianos de establecimiento y administración serían los equivalentes a transición política y transición institucional, o, dicho de otra manera, a instauración y funcionamiento democráticos. El de mantenimiento –en aquel momento, la cuestón pendiente– equivaldría a lo que hoy denominamos consolidación. Para Lincoln, entonces, la cuestión pendiente era la consolidación de la unión de la "Nueva Nación", requisito previo de la consolidación democrática, que el historiador McPherson (1991) y el politólogo Jaffa (2000) coinciden en ver, desde supuestos y ópticas diferentes, en la Segunda Revolución, basada en una "nueva libertad" manifestada en la expresión "a new birth of Freedom" del Discurso de Gettysburg (19 de noviembre de 1863): "Aquí solemnemente decidimos que estos muertos no han muerto en vano, que la Nación, con la ayuda de Dios, tendrá un nuevo nacimiento de la Libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra"[7].

Según McPherson y otros intérpretes progresistas, como Eric Foner, esa "nueva libertad" significaba transcender, utilizando la terminología de Isaah Berlin, el concepto de libertad negativa de la tradición anglo-americana (freedom from) en pos de una libertad positiva (freedom to) que se manifestará en la Proclamación de Emancipación (1 de enero de 1863), así como en las leyes y enmiendas constitucionales posteriores que irán consolidando las libertades y la democracia (Enmienda XIII de 1865, Civil Rights Act de 1866, Enmienda XIV de 1868, Reconstruction Acts de 1867 y 1868, etc.).

Inicialmente, el problema estratégico central para Lincoln era preservar la Unión. La esclavitud era un problema moral, el cual sólo se había comprometido a eliminar gradualmente, dentro de la legalidad, y para ello lo primero era oponerse a la extensión de la misma en los nuevos territorios del Oeste. Cuando comienza la rebelión y la guerra Lincoln, por razones políticas, todavía no era un abolicionista, pero hacia finales de 1862 la Emancipación (con excepciones) se hace ya inevitable, no sólo como instrumento de la estrategia político-militar de la Unión, como afirmará en la proclama del 1 de enero de 1863 ("As Commander-in-Chief [...] in time of actual armed rebelion [...] as a fit and necessary war measure for suppressing said rebelion"), sino por la percepción que Lincoln alcanza en ese momento histórico de su dimensión político-moral. Eric Foner lo ha descrito bien al subrayar la "grandeza" del político Lincoln por su "capacidad de crecer" y su "voluntad de cambiar mentalmente", adaptándose a las nueva situaciones[8].

En la crisis política provocada por la rebelión confederal, Lincoln actuó basándose en los principios liberal-conservadores: mantuvo la Unión bajo la Constitución del pueblo de los Estados Unidos y rechazó la idea del derecho (privilegio unilateral) de secesión de los estados como algo contrario a la ley fundamental y de naturaleza anárquica, utilizando con energía y autoridad todos los recursos constitucionales para una situación de emergencia y, finalmente, de guerra, como Presidente y Comandante en Jefe.

2. La rebelión de los sioux en Minnesota

La convicción moral expresada en el programa del partido republicano, y compartida plenamente por Lincoln, de que la esclavitud y la poligamia eran "vestigios de la barbarie" que había que suprimir, apuntaba claramente a dos situaciones diferentes: la de los esclavistas de la Confederación y la de los mormones de Utah. Pero había otra situación, en aquel momento aparentemente menos evidente, en la que ambos problemas, aparte de otros relativos a un estadio cultural de cierta barbarie (cautiverio, poligamia, incesto, canibalismo, masacres y violaciones de colonos blancos, etc.), se conjuntaban en la existencia de una importante, aunque fragmentada y debilitada, comunidad, la de los nativos americanos, es decir, los indios dispersos por los vastos territorios al oeste del río Mississippi[9]. Hoy día esta problemática ha sido relativizada por el multiculturalismo y la antropología correspondiente, pero en la época de Lincoln era un problema real cotidiano, y él compartía, lógicamente, muchos de los prejuicios convencionales (su propio abuelo paterno, Abraham Lincoln, había sido asesinado por los indios en su granja de Kentucky).

La rebelión de los sioux en Minnesota en agosto de 1862 es un oscuro episodio en la retaguardia, dentro de la Guerra Civil, que algunos biógrafos, como Oates (1977), por ejemplo, ni siquiera mencionan. Donald (1995) sólo le dedica cuatro páginas. Sin embargo, fue un conflicto que exigió la intervención del ejército federal y produjo más de dos mil muertos entre colonos blancos e indios, así como la ejecución, en la plaza principal de Mankato (26 de diciembre de 1862), de treinta y ocho cabecillas sioux, la ejecución pública más numerosa de la historia americana (ejecución rubricada por el propio Lincoln, que, por otra parte, perdonó la vida a más de un centenar de individuos). En su Mensaje Anual al Congreso del 1 de diciembre de 1862, Lincoln informó sobre la "extrema ferocidad" del ataque de los sioux contra los colonos blancos de Minnesota: "[Han matado] indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños (...) en un número estimado de por lo menos ochocientas personas (...) y una inmensa destrucción de sus propiedades". No se refirió al elevado número de violaciones de mujeres, que, sin embargo, tuvo en cuenta al firmar las sentencias de muerte, según Donald. Aunque el propio Lincoln y la mayor parte de los historiadores han sospechado que pudo existir incitación a la rebelión por parte de agentes confederales, nunca se ha llegado a demostrar tal extremo.[10]

La rebelión y la consiguiente represión ilustran lo que en la terminología de hoy denominaríamos un caso de "conflicto multiculturalista" o de "choque de civilizaciones" (aunque para el presidente era más bien un conflicto entre la civilización y la barbarie). Se ha subrayado que Lincoln, pese a su intuición moral de los derechos humanos naturales, compartía los prejuicios culturales de su época, y en los mismos debates con Douglas había hecho referencias al atraso de los negros y los indios. Sobre éstos, en concreto, había afirmado (en Alton, Illinois, el 15 de octubre de 1858) que no tenían un derecho absoluto sobre los territorios del Oeste, los cuales deberían estar abiertos también a la propiedad de los colonos blancos y de "todos los hombres de todo el mundo" que desearan encontrar un nuevo hogar, "un lugar para mejorar sus condiciones de vidas"[11].

La rebelión de los sioux en Minnesota fue controlada en un primer momento, pero después de la Guerra Civil se extendió por los territorios del Oeste y, pese al Tratado de Fort Laramie (29 de abril de 1868), continuó intermitentemente durante un período de casi cuatro décadas.

3. La rebelión de los mormomes en Utah

La de los mormones en Utah planteaba unos problemas diferentes a los relacionados con las otras dos rebeliones. Éstas eran de signo conservador, o, si se quiere, inmovilistas. Pretendían evitar el progreso civilizador y la modernidad cultural que implicaba el desarrollo industrial y la democracia liberal. Miraban, pues, a un pasado, remoto en el caso de los sioux e inmediato en el de los sudistas, que en ambos casos era incompatible con la idea de progreso. Pero los mormones eran un fenomeno distinto y nuevo. Miraban hacia el futuro y trataban de contruir una utopía, aunque en su doctrina había elementos claramente reaccionarios respecto a las ideas de progreso y libertad individual.

Lo peculiar de la nueva secta, que por cierto era también la primera fundación religiosa original del Nuevo Mundo, era su carácter esencialmente ideológico, de tipo comunitario-colectivista y, por tanto, potencialmente totalitario. América había sido un campo prolífico de experimentación utópica, religiosa o socialista, desde el siglo XVII hasta la Guerra Civil, pero ninguno de los centenares de experimentos que se llevaron a cabo tuvo el éxito del de los mormones, a pesar de las dificultades que afrontaron en sus primeros años y el final trágico de su fundador, Joseph Smith. Tras el linchamiento popular de éste, el liderazgo fue asumido por Brigham Young, que tuvo la visión, la capacidad y la voluntad decisiva de conducir a sus seguidores a la nueva tierra prometida, en el desierto de Utah. Young tuvo éxito porque construyó sobre la nada –aunque sería problemático decir "en tierra de nadie", dada la existencia de los indios–, y en este sentido está considerado un héroe de la colonización, la gran epopeya americana de la conquista del Oeste.

No sabemos qué pensaba exactamente Lincoln de los mormones, porque las referencias en sus escritos son escasísimas. Es seguro que compartía la idea, expresada en el programa (platform) del Partido Republicano de 1856, de que la esclavitud y la poligamia eran residuos de la barbarie (twin relics of barbarism) que había que extinguir, pero hasta 1857 no sabemos que elaborara una opinión propia al respecto. La rebelión de los mormones se inició en ese año, antes del conflicto que provocaría la elección de Lincoln, y fue una rebelión, por así decirlo, latente, silenciosa y paralela a la Guerra Civil, y que sobrevivió muchos años al propio Lincoln. Fue una rebelión distinta, una especie de resistencia civil o guerra cultural, aunque tuvo también sus episodios violentos.

En 1857 se produjo un conato de rebelión que implicó la movilización de la milicia mormona (The Nauvoo Legion) frente a una "invasión" de tropas federales. No hubo finalmente enfrentamiento, pero la tensión propició uno de los incidentes más sanguinarios y siniestros de la historia de la comunidad (que desde 1849 se había autoproclamado el "State of Desert"): la matanza, el 11 de septiembre y en Mountain Meadows, en el sur de Utah, de una caravana de colonos emigrantes de Missouri que se dirigía hacia California. Murieron 120 personas, la mayoría mujeres y adolescentes (se salvaron 17 menores, que fueron raptados/adoptados por los mormones). Tanto Lincoln como Douglas condenaron en sus debates de 1858 la rebelión y la masacre[12].

Poco después, en 1859, se publicaba en Inglaterra el escrito clásico de John Stuart Mill On Liberty, ensayo que tuvo una gran difusión en los Estados Unidos –sabemos, por ejemplo, que Walt Whitman lo leyó y admiró (v. "Preface", Democratic Vistas, 1871)–, y aunque parece poco probable que Lincoln tuviera noticia del mismo, seguramente compartía la reflexión que Mill hacía sobre el fenomeno del mormonismo:

No puedo evitar referirme, al señalar los ejemplos del poco aprecio que comúnmente se hace de la libertad humana, al lenguaje de franca persecución en la prensa de este país siempre que dedica su atención al notable fenómeno del mormonismo. Mucho podría decirse sobre este hecho inesperado e instructivo de una presunta revelación y de una religión que en ella se funda (fruto de una impostura palpable, que no está siquiera sostenida por el prestigio de las cualidades extraordinarias de su fundador), que es una creencia de centenares de miles de personas, y que ha sido el fundamento de una sociedad en la era de la prensa, el ferrocarril y el telégrafo. Lo que aquí nos interesa es que esta religión, como otras y mejores, tiene sus mártires (...) Un escritor moderno, de un mérito considerable, propone no una cruzada, sino una "civilizada" contra esta comunidad polígama para poner fin a lo que le parece algo retrógrado (...) Yo también creo lo mismo, pero no sé si habrá comunidad alguna que tenga el derecho de forzar a otra a civilizarse.

Pero si a Mill lo que le preocupaba principalmente era el carácter religioso y la libertad de conciencia y cultural que representaba el mormonismo (incluido el problema de la poligamia, si era una opción voluntaria de personas adultas), con lo que se anticipaba al multiculturalismo contemporáneo, Lincoln no podía ser indiferente al hecho político, también señalado por el filósofo británico, de que tal doctrina había sido el fundamento de un nuevo sistema social; es decir, representaba también un modelo alternativo al de la nación y cultura americanas, y la amenaza de subversión que conllevaba (precisamente en la era de la prensa, el ferrocarril y el telégrafo) un conflicto de culturas combinado con una tecnología que podía movilizar las masas hacia nuevos experimentos de organización social teocráticos y potencialmente totalitarios, como ha destacado Klaus J. Hansen[13].

La actitud de Lincoln, como han subrayado los historiadores mormones Leonard J. Arrington y Davis Bitton, fue de cautela y suma prudencia ("Vaya y dígale a Brigham Young que si me deja en paz, le dejaré en paz", le dijo al mediador T. B. H. Stenhouse). Combinó el envío de tropas federales a Utah como medida policial disuasoria con la promoción de una negociación política con los mormones –el problema de la poligamia podía resolverse más adelante–, en la que lo principal era evitar una rebelión-secesión (probablemente alentada por agentes confederales) que complicara más la Guerra Civil; prometió, entre otras cosas, conceder la estatalidad definitiva a Utah, lo cual no se llevó a efecto hasta 1896. Por otro lado, exigía la sustitución del sistema económico colectivista o comunitario por unas leyes que afirmaran e implementaran la propiedad privada o individual y la libre competencia (lo que tendría como consecuencia que el profeta-líder-gobernador Young se convirtiera en el hombre más rico del estado, al asumir individualmente la propiedad de la comunidad), la criminalización de la bigamia y la abolición de la poligamia (las Morrill Acts de 1862 y la Edmunds Act de 1882). Por su trágica y prematura muerte, Lincoln no pudo ver los frutos de la fórmula política que había auspiciado, pero el peculiar problema de los mormones entró en un proceso definitivo e irreversible, gradual e incruento, de resolución.

Conclusión

En su segundo discurso inaugural (4 de marzo de 1865), Lincoln pronunció las famosas palabras con que prometió la paz y la estabilidad:

Con malicia hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo que es recto, si Dios nos permite verlo, vamos a terminar pronto el trabajo que tenemos pendiente: curar las heridas de la nación (...) y hacer todo lo que se pueda para alcanzar y celebrar una paz justa y duradera, entre nosotros y con todas las naciones[14].

Walt Whitman fue testigo especial de aquella alocución, que relató (aquí reproduciremos sus textos en su lengua original) describiendo la emoción que sintió hacia "the man's goodness, tenderness, sadness, and canny shrewdness, underneath the furrows". El poeta ya había puesto el énfasis en la "tristeza" del presidente en unas notas que había escrito sobre él pocos meses antes:

I see the President almost every day, as I happen to live where he passes (...) I saw him this morning about 8.30, coming in to bussiness, riding on Vermont Avenue, near L Street (...) I see very plainly Abraham Lincoln's dark brown face, with the deep-cut lines, the eyes, etc., always to me with a latent sadness in the expression. We have got so that we always exchange bows, and very cordial ones[15].

Sólo un gran poeta con la profunda sensibilidad de Whitman –y de manifiesta empatía con la dimensión trágica de la guerra y sus efectos en el presidente– podía imaginar metafóricamente el significado de Lincoln y la Guerra Civil. El cuerpo nacional creado/fundado por el padre Washington había crecido y madurado con el hermano Lincoln. La consolidación física de la nueva nación entraba en un nuevo territorio, el de la consolidación espiritual y moral. El poeta tuvo la visión o la conciencia de que la nación entraba en un terreno desconocido, había llegado la hora sustancial del alma americana[16]. El antiguo populista radical del poema "Resurgemus" (1848), después demócrata y eventualmente simpatizante del partido Free Soil, probablemente por el influjo intelectual de Ralph Emerson, Horace Greely, el feminismo y el transcendentalismo de Nueva Inglaterra, concluía finalmente su peregrinaje político en el partido republicano de Lincoln.

En 1855, al escribir el famoso "Preface" a su colección de poemas Leaves of Grass, Whitman intuye la metáfora del melting pot cuando afirma:

The Americans of all nations at any time upon the earth have probably the fullest poetical nature. The United States themselves are essentiall the greatest poem (...) Here is not merely a nation but a teeming nation of nations. Here is action untied from strings necessarily blind to particulars and details magnificently moving in vast mases. Here is the hospitality which forever indicates heroes...[17]

Su fórmula nation of nations no se traduce constitucionalmente en una Confederación, sino en una afirmación de la Unión en la diversidad que proclama la Constitución Federal, frente a los particularismos y secesionismos. Y cuando, después de la Guerra Civil, en 1871 publica su bello y profundo ensayo Democratic Vistas, tiene la convicción de que dicho conflicto marca el final de una época inmadura, imperfecta, e inicia otra nueva, de consolidación nacional, mediante un camino de perfección y creación de una cultura nueva, republicana y democrática inspirada en la propia Naturaleza:

As the topmost claim of a strong consolidating of the nationality of these States, is, that only by such powerful compaction can the separate States secure that full and free swing within their spheres, which is becoming to them, each after its kind, so will individuality, with unimpeded branching, flourish best under imperial republican forms.

Assuming Democracy to be at present in its embryo condition, and that the only large and satisfactory justification of it resides in the future, mainly through the copious production of perfect characters among the people (...)

El poeta insiste en el requisito de una atmósfera de religiosidad cívica que impregne la democracia ("A sublime and serious Religious Democracy"), culminación de las reformas constitucionales, económicas y sociales. Recurrentemente escribirá acerca del fin de una etapa de preparación, de infancia y adolescencia, que desde la Guerra de Secesión, con el triunfo de la Unión, entra ya en una nueva fase de democracia consolidada: "Its full democratic career"[18]. Y en sus recuerdos personales sobre Lincoln, escritos en 1888, subrayará:

Dear to Democracy, to the very last! From the point of view of current Democracy and the Union (the only thing like a passion or infatuation in the man was the passion for the Union of these States), Abraham Lincoln seems to me the grandest figure yet, on all the crowded canvas of the Nineteenth Century[19].

Consolidación de la Nueva Nación y de la Nueva Libertad, legitimada en un sentido profundo, casi místico, con el sacrificio del presidente Lincoln, como quedó expresado en los bellos e inmortales versos del gran bardo de la democracia:

O Captain! My Captain! Our fearful trip is done,
The ship has weather'd every rack, the prize we sought is won,
(...)
The ship is anchor'd safe and sound, its voyage closed and done,
From fearful trip the victor ship comes in with object won;
Exult O shores, and ring O bells!
But I with mournful tread,
Walk the deck my Captain lies,
Fallen cold and dead[20].



[1] Oscar y Lilian Handlin, Lincoln, Little, Brown & Co., Boston, 1980, p. ix.
[2] Andrew Ferguson, Land of Lincoln. Adventures in Abe’s America, Atlantic Monthly Press, New York, 2007, p. ix. Es preciso, para orientar al lector, hacer una síntesis muy selectiva de la inmensa bibliografía lincolniana: la mejor edición de sus obras es la de Roy P. Basler, The Collected Works of Abraham Lincoln (9 volúmenes), Rutgers University Press, New Brunswick, N. J., 1953. La biografía más completa sigue siendo la de sus secretarios John G. Nicolay y John Hay, Abraham Lincoln: A History (10 vols.), Century, New York, 1890. John Hay, antes de ser un gran secretario de Estado con los presidentes William McKinley y Theodore Roosevelt en 1899-1904, fue diplomático en la embajada de Madrid, y estableció amistad con simpatizantes (norte)americanistas españoles como Emilio Castelar y Juan Valera. En Castelar percibió al líder republicano federalista/unionista más afín a Lincoln. Entre las otras biografías clásicas más prestigiadas (Albert Beveridge, 2 vols., 1928; Carl Sandburg, 6 vols., 1926-1939; etc.), la de mayor reputación académica es la de J. G. Randall, Lincoln the President (4 vols. –el último, prácticamente escrito por Richard N. Current–, Dodd & Mead, New York, 1945-1955). Entre las más recientes en un solo volúmen destacaré las de Stephen B. Oates, With Malice Toward None: The Life of Abraham Lincoln, Harper & Row, New York,1977; David H. Donald, Lincoln, Simon & Schuster, New York,1995, y R. C. White Jr., A. Lincoln. A Biography, Random House, New York, 2009. Los estudios monográficos sobre algún aspecto de la política de Lincoln son incontables, pero merecen destacarse, de manera muy singular, los verdaderamente clásicos de Harry V. Jaffa (1959, 2000) y, asimismo, los de James M. McPherson (1991, 2008, 2009), Gabor Boritt (1992, 2006), Mark E. Neely Jr. (1993), Phillip S. Paludan (1994) y George Anastaplo (1999). Igualmente, las obras deGeoffrey Perret (2004), Doris Kearns Goodwin (2005), Douglas L. Wilson(2006), Allen C. Guelzo (2008), Harold Holze (2008), Russell McClintock (2008) y Eric Foner (2008). Teniendo en cuenta la escasísima literatura americanista en España, es de justicia citar a dos autores con sendas biografías del personaje que nos ocupa: Isaac Montero, Abraham Lincoln, Labor, Barcelona, 1991, y César Vidal, Lincoln, Acento, Madrid, 2002.
[3] Sobre el enfoque straussiano de la personalidad y el pensamiento de Lincoln, v. Harry V. Jaffa, Crisis of the House Divided: An Interpretation of the Issues in the Lincoln-Douglas Debates (University of Chicago Press, Chicago, 1959), y su secuela, A New Birth of Freedom: Abraham Lincoln and the Coming of the Civil War (Rowan & Littlefield, Lanham, Maryland, 2000). Son dos obras absolutamente esenciales para una compresión profunda de Lincoln, al mismo tiempo que una muestra de la rica complejidad del paradigma teórico y metodológico straussiano. En este sentido, también tiene interés la obra de George Anastaplo Abraham Lincoln. A Constitutional Biography (Rowan & Littlefield, Lanham, Maryland, 1999), así como los trabajos de Benjamin R. Barber "The Politics of Political Science: 'Value-free' Theory and the Wolin-Strauss Dust-Up of 1963" y David Ketter "The Political Theory Question in Political Science, 1956-1967", ambos en APSR (nov. 2006). V. también Devin Staffer, "Reopening the Question between the Ancients and the Moderns: Leo Strauss's Critique of Hobbes's New Political Science", APSR (mayo de 2007).
[4] A. Hamilton, El Federalista, FCE, Méjico D. F., 1943, p. 34. Sobre el pensamiento de Hamilton y su influencia en Washington, véase M. Pastor, "Alexander Hamilton: los orígenes del nacionalismo político contemporáneo", Revista de Estudios Políticos, 127, Madrid, 2005. Su biografía más completa hasta la fecha es la de Ron Chernow: Alexander Hamilton, Penguin, New York, 2004; y la mejor síntesis, la de Forrest McDonald: "Hamilton, Alexander (1757-1804)", American Conservatism. An Encyclopedia, ISI Books, Wilmington, Delaware, 2006, pp. 369-370.
[5] Charles P. Roland, The Confederacy, The University of Chicago Press, Chicago, 1960, pp. 5-15; Harry V. Jaffa (1959), ob. cit., "Introduction"; y, recientemente, Allen C. Guelzo (2008), ob. cit., pp. xix-xx. Sobre la interpretación del pensamiento de Lincoln por Jaffa, véase Edward J. Erler, "Jaffa, Harry V. (1918 -)", American Conservatism. An Encyclopedia, ISI Books, Wilmington, Delaware, 2006, pp. 447-448. Según Stephen B. Oates, Lincoln obtuvo 1.866.452 votos populares, frente a los 2.815.617 que se repartieron sus tres rivales, el demócrata Douglas (1.376.957), el demócrata-constitucional Breckinridge (849.781) y el whig Bell (588.879); pero Lincoln ganó 180 votos en el Colegio Electoral (Breckinridge 72, Bell 39 y Douglas 12), ob. cit., p. 190.
[6] J. M. McPherson, ob. cit., p. 135.
[7] A. Lincoln, The Collected Works..., vol. 7, p. 23.
[8] A. Lincoln, The Collected Works..., vol. 6, pp. 29-30; J. M. MacPherson, ob. cit., pp. viii, 61-63, 137; E. Foner, "If Lincoln Hadn’t Died", p. 53-54, y "Our Lincoln", p. 16.
[9] Los estudios antropológicos clásicos sobre los sioux de Mary Eastman (1849), Doane Robinson (1904), Fred Eggan (1955, 1966) y Ruth Landes (The Mystic Lake Sioux, The University of Wisconsin Press, Madison, 1968) ponen de relieve tal problemática. Esta última autora, discípula de Franz Boas y Ruth Benedict en el Departamento de Antropología de Columbia University, realizó su estudio sobre los sioux de Minnesota en los años 30, revisando toda la información sobre los mismos recopilada durante más de un siglo, y certificó la existencia de prácticas como el canibalismo, por necesidad o por ritualismo chamánico (pp. 14, 60), el incesto y formas de "matrimonio irregular" –insinúa la práctica tolerada de la pedofilia y la homosexualidad con los berdache o winkta (pp. 66, 128-ss., 153), aparte de la poligamia (pp. 138-139) –. Landes menciona, por ejemplo, el caso del jefe de la rebelión sioux en 1862, Little Crow, que mantuvo dos matrimonios polígamos sucesivos: el primero con cuatro hermanas de la tribu wahpetons y el segundo con dos hermanas de la tribu wahpeketu.
[10] A. Lincoln, The Collected Works..., vol. 5, pp. 525-526. David H. Donald, Lincoln, ob. cit., p. 394. El estudio estandard sigue siendo el de Kenneth Carley, The Sioux Uprising of 1862, The Minesota Historical Society, Saint Paul, (1961) 1976.
[11] Stephen B. Oates, ob. cit., p. 159.
[12] A partir de las investigaciones de la historiadora Juanita Brooks (1950), la propia comunidad mormona ha investigado rigurosamente los hechos, aunque sin determinar claramente la responsabilidad política del líder, profeta y gobernador Brigham Young, que a la Brooks le pareció obvia. Véanse, entre los que inculpan a Young: Juanita Brooks, The Mountain Meadows Massacre, Stanford University Press, Stanford, 1950; Stanley P. Hirshon, The Lion of the Lord. A Biography of Brigham Young, Knopf, New York, 1969; Will Bagley, The Blood of the Prophets, U. Oklahoma Press, Norman, 2002, y Sally Denton, The Mountain Meadows Massacre, Knopf, New York, 2002. El punto de vista exculpatorio de Young, aunque de gran valor historiográfico, en Norman F. Furniss, The Mormon Conflict, 1850-1859, Yale U. Press, New Haven, 1960, y Leonard Arrington, Brigham Young: American Moses, Knopf, New York, 1985. La última obra sobre el tema, y al parecer exhaustiva, es la de los historiadores mormones Ronald W. Walker, Richard E. Turley y Glen M. Leonard Massacre at Mountain Meadows, Salt Lake City, 2008.
[13] John Stuart Mill, On Liberty, 1859, edited by Elizabeth Rapoport, Hackett, Indianapolis, 1978, pp. 89-90. Klaus J. Hansen, Mormonism and the American Experience, The Chicago University Press, Chicago, 1981, pp.114-122. El punto de vista más favorable a los mormones, en Leonard J. Arrington y Davis Bitton, The Mormon Experience, A. A. Knopf, New York, 1979.
[14] A. Lincoln, The Collected Works..., vol. 8, p. 333.
[15] Philip Callow, From Noon to Starry Night. A Life of Walt Whitman, I. R. Dee, Chicago, 1992, p. 315. Las notas de Whitman, tituladas "Pen-Sketch of President Lincoln", escritas en su cuaderno el 12 de agosto de 1864, están publicadas como introducción al volumen quinto de la Centenary Edition de Life and Works of Abraham Lincoln, New York, 1909, pp. xv-xvi. Anteriormente habían sido incluidas en el artículo de Whitman "Personal Reminiscences of Abraham Lincoln" (North American Review, octubre de 1888). Sobre la relación de Whitman con Lincoln, v. William E. Barton, Abraham Lincoln and Walt Whitman, Bobbs-Merrill, Indianapolis, 1928.
[16] Philip Callow, ob.cit., p. 233. Sobre el impacto de Lincoln y la Guerra Civil en Whitman se han publicado varios estudios: Barton (1928), Gliksberg (1933), Shively (1987), Morris (2000), Roper (2008).
[17] Walt Whitman, Leaves of Grass and Selected Prose, edited by John A. Kouwenhoven, The Modern Library, New York, 1950. "Preface, 1855", p. 441.
[18] Walt Whitman, Democratic Vistas, 1871, pp. 486-487, 500-501. Asimismo, "Preface, 1872", pp. 520-521 y "Preface, 1876", pp. 524-525, 529. En este último escrito todavía reflexiona Whitman sobre la necesidad histórica de que transcurriera todo un siglo, desde la Independencia, 1776-1876, para llegar a la consolidación democrática.
[19] Walt Whitman, "Personal Reminiscences of Abraham Lincoln" (1888), cit. por W. E. Barton, Abraham Lincoln and Walt Whitman, p. 89.
[20] Walt Whitman, ob.cit., "O Captain! My Captain!", 1865, pp. 266-267.

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Número 39
Primavera 2009

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