Nº 21-22 - El libro pésimo

El mercado, la globalización y Sampedro

Muchos son, sin duda, los libros de cabecera del movimiento antiglobalización. Las inefables leyes del mercado también funcionan en este caso, existe una sustancial demanda social para este tipo de panfletos, lo cual genera unas oportunidades de beneficio a satisfacer por los más avezados.

Algunos de estos geniales empresarios, capaces de satisfacer las necesidades de miles de desesperados filocomunistas acomplejados tras la caída del muro, han sido, obviamente, Naomi Klein con su No Logo, o Joseph Stiglitz, con Malestar en la globalización.
 
En nuestro país también contamos con algunas de estas soflamas colectivizadoras; Estefanía, Martín Seco o José Antonio Pérez son sólo algunos de los ejemplos que podemos encontrar con cierta facilidad en cualquier librería. Soflamas entre las que se encuentra el libelo que me dispongo a analizar, probablemente uno de los más conocidos: El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro.
 
La portada de la exitosa obra, una oveja rodeada de lobos, se ha convertido en una estampa frecuente en nuestro imaginario político. Ninguna de las restantes ilustraciones que componen el libro ha tenido tamaña repercusión. Quizá por ello esta fachada, que ya supone una buena advertencia sobre el grado de demagogia e ignorancia que impregna toda la obra, merezca el comentario preliminar.
 
La manida idea de que los pobres del Tercer Mundo son corderitos acechados por voraces multinacionales lobeznas atenta contra cualquier propósito honrado de estudiar el fenómeno de la globalización. El lobo ataca, depreda y mata a la oveja. La multinacional ofrece un puesto de trabajo al ciudadano de un país pobre. La diferencia no es baladí. ¿Se imaginan al lobo preguntándole al cordero si desea ser fagocitado? Evidentemente no. Por tanto, situaciones que nacen de la voluntariedad nunca podrán equiparse a situaciones cuyo común denominador es la coacción.
 
En cualquier caso, nuestro autor, en otra muestra de fatal reduccionismo o de torpe ignorancia (o de mezcla de ambos), divide a la humanidad en dos bandos encontrados: el del Foro de Nueva York, o neoyorquinos, y el del Foro de Porto Alegre, o alegrenses. Aquéllos, perpetuadores del mundo antiguo, el del mercado salvaje y el de la globalización explotadora; éstos, artífices del alter mundus, el altermundismo, ése que es posible, el del mercado solidario y el de la globalización social.
 
A partir de aquí, Sampedro, con el objeto de probar su tesis inicial, procede a analizar por separado la institución del mercado y el fenómeno de la globalización. En realidad, la distinción es bastante maniquea; la globalización sólo supone la puesta en contacto de distintos mercados hasta el punto de que no existan prácticamente fronteras físicas ni estatales entre las relaciones humanas. Con la aparición de los mercados “nacionales”, subsumiendo a los “locales”, operó el mismo proceso; la acción humana no se encuentra constreñida en el interior de infranqueables barreras, sino que sus opciones de elección se ven sustancialmente ampliadas.
 
Aun así, seguiremos la separación del autor para facilitar el glose de sus opiniones.
 
El mercado
 
Sampedro define el mercado como “el lugar donde se concentra, por un lado, vendedores que ofrecen sus mercancías a cambio de dinero y, por otro, compradores que aportan su dinero para conseguir esas mercancías”. Esta superficialidad analítica supone un error considerable, pero me temo que nada inocente. La cualidad esencial de todo mercado es la voluntariedad de las acciones; no tanto que haya varios oferentes y varios demandantes con dinero cuanto que las relaciones se lleven a término sin coacción.
 
Imaginemos una plaza pública de un país comunista donde los funcionarios gubernamentales se agrupan para entregar a los proletarios, a cambio de bonos estatales, las mercancías que previamente han convenido que debían ser entregadas. Nadie podría calificar esta pantomima de mercado, porque no se cumple el requisito esencial de la voluntariedad de la acciones. Sampedro omite esa cualidad de todo mercado. Y es que toda acción que se realice, por ser voluntaria, implicará para ambos actores una mejora en su bienestar –en caso contrario no actuarían.
 
Sin embargo, las bondades del mercado –”poner toda clase de productos al alcance de quienes los solicitan sólo se manifestarían en un “mercado de competencia perfecta”, donde “ningún participante puede influir individualmente sobre precios y cantidades y todos están plenamente informados”. Ese mercado “vendría a funcionar como una brújula indicadora de las inversiones más productivas”, de manera que “una mano invisible convertiría la acumulación de egoísmos individuales en el máximo altruismo colectivo”. Pero, como se apresta a señalar Sampedro, “desgraciadamente, la perfección de ese mercado teórico nunca se cumple”.
 
Ciertamente, el análisis neoclásico del mercado es incorrecto. Sampedro no debería sorprender a nadie con tamañas aserciones. Tanto compradores como vendedores influyen sobre los precios, en su formación y en su variación. Los precios son producto del valor, y, dado que no existe una mente social, la valoración sigue y seguirá siendo un proceso individual. Una cosa es que la voluntad de un solo individuo no produzca necesariamente cambios en los precios y otra muy distinta que no influya para que aquéllos tengan lugar. A la postre, la pretensión neoclásica de desvincular los precios de los individuos, constriñéndolos a las variaciones de falaces agregados sociales, sólo va dirigida a romper el nexo entre valor y precio; torpe conato absolutamente precientífico.
 
Por otro lado, el reduccionismo de los neoclásicos les ha conducido a adoptar construcciones tan absurdas como la de una brújula indicadora de las inversiones, trasunto del mito de la información perfecta. Parece como si los empresarios sólo tuvieran que observar tal brújula para implementar sus indeclinables inversiones. En realidad, debemos rehuir tal objetivismo. La bondad de las inversiones no depende de iluminadas revelaciones, sino del ingenio empresarial; el mercado ofrece indicios, como los beneficios o los diferenciales de precios entre los factores de producción y los esperados por los bienes de consumo, pero esos indicios deben ser continuamente descubiertos por el actor económico; he ahí la importancia coordinativa de la función empresarial, la única mano, bien visible, del capitalismo.
 
Precisamente porque la información no está dada, el único sistema por el que las necesidades individuales pueden verse satisfechas es el del libre mercado, mediante la función empresarial. El intervencionismo estatal, por el contrario, al no poder actuar empresarialmente, se ve claramente limitado por esta misma información reducida. La discrecionalidad de sus actuaciones da lugar a consecuencias imprevistas, a daños inconcebibles y a distorsiones inesperadas. De hecho, el socialismo nunca podrá dar respuesta a las necesidades humanas por carecer de un mecanismo que, en su papel de centralización totémica de la función empresarial, le permita valorar la realidad exterior como lo hacen los miles de millones de individuos en el libre mercado.
 
Por tanto, ya sabemos que la supuesta perfección de ese mercado teórico nunca se cumple, como afirma Sampedro. Claro que nadie dijo que el mercado real tenga, ni deba por qué tener, relación alguna con ese mercado teórico. La imperfección no está tanto en el mercado, cuanto en la teoría que pretende describir al mercado.
 
Los intervencionistas han refutado la teorización neoclásica del mercado perfecto, y con ello creen haber refutado el mercado. La artimaña es insostenible. Que esa teoría sea deficiente sólo demuestra que debemos rechazarla y buscar otras aproximaciones más fidedignas a la realidad –y haberlas, haylas–. Los intervencionistas, en cambio, al calificar de imperfecto el mercado están asumiendo como válido el estándar neoclásico; sólo podemos calificar como imperfecto algo que se aleja del estándar de perfección, pero ¿qué ocurre cuando ese estándar es irreal?
 
En efecto, es incoherente que, si el mercado perfecto no existe, si constituye una descripción defectuosa, se califique al mercado real de imperfecto, pues, de hecho, ese estándar de perfección que previamente se ha refutado no existe, no es válido.
 
Es curioso cómo en los tratados austriacos de economía nunca se califica al mercado de perfecto o imperfecto; el mercado es como es; en su descripción versa la ciencia económica. La trampa del neoclasicismo intervencionista consiste en identificar la realidad con la teoría del “mercado perfecto”, de manera que, por ser la teoría descriptiva errónea, la realidad también vendría a serlo. Se propone, pues, una especie de imperativo intelectual según el cual la realidad debe adaptarse forzosamente a la teoría neoclásica. En esa adaptación, en esa imprescindible adaptación, juega un papel esencial la intervención del Estado.
 
Sampedro cae deliberadamente en esa trampa; sólo por ello, por utilizar instrumentos analíticos refutados incluso por él mismo, las conclusiones que infiere en su libro quedan invalidadas. Con todo, merece la pena seguir comentando el resto de sus argumentos.
 
La siguiente tesis de Sampedro versa en la distinción entre mercado y libertad. “Cuando alguien nos repita que ‘el mercado es libertad’ invitémosle a practicar un sencillo ejercicio mental, consistente en imaginar que entra en un mercado a comprar pero no lleva dinero: constatará en el acto que no puede comprar nada, que sin dinero no hay libertad, que la libertad de elegir la da el dinero”.
 
Resulta sorprendente cómo alguien puede afirmar que el mercado no es libertad sin definir previamente el concepto de libertad. Es claro que Sampedro ha definido más o menos torticeramente qué entiende por mercado, pero no nos ofrece su idea de libertad.
 
Del texto parece desprenderse una confusión entre libertad y poder adquisitivo; una persona es tanto más libre cuanto más pueda comprar. Las personas pueden quedar supeditadas a un régimen de esclavitud, pero en tanto en cuanto conserven cierto dinero en su propiedad son libres. Obviamente, la libertad nada tiene a ver con tal despropósito. Sampedro ha pretendido introducir subrepticiamente el concepto de libertad positiva (cuanto más tengo, más libre soy) para argüir que en el mercado subsiste la coacción.
 
Una persona es libre en tanto en cuanto el rumbo de su acción no se ve perturbado por otra. El pobre es, sin lugar a dudas, una persona libre en tanto en cuanto sus acciones no se vean alteradas por otras personas -o su pobreza no se deba a medidas intervencionistas del Estado, como el salario mínimo (algo bastante habitual). Es libre en tanto en cuanto tiene capacidad para elegir los medios para satisfacer sus fines; medios que probablemente pasarán por la búsqueda de un puesto de trabajo. Y es que, de la misma manera que nadie se ve coaccionado si un terremoto derrumba su casa, no existe coacción porque en este mundo nuestro, la producción deba, necesariamente, preceder al consumo.
 
Pero la idea de libertad positiva le resulta útil al autor para afirmar que “los más fuertes pretenderán que en el mercado pueda operarse con la máxima libertad (…) mientras que los más débiles desearán limitaciones a esos poderes”. En otras palabras, la ley del más fuerte rige el destino de los individuos en el libre mercado.
 
Hemos afirmado antes que, dada la información incompleta del mercado, debe existir una especie de coordinación entre los deseos de las personas y la satisfacción de los mismos. Es obvio que a la persona le resulta inabarcable complacer todas y cada una de sus necesidades por sus propios medios; así, tiene que recurrir a que otras personas intuyan sus necesidades y busquen los instrumentos para darles respuesta: la función empresarial.
 
El mecanismo es tan sumamente complejo que los más hábiles serán los que mejor satisfagan las necesidades de las personas y, por tanto, los que obtengan mayores beneficios. No son los fuertes, sino los hábiles, quienes desean una mayor libertad. No se clama por una licencia para explotar y coaccionar a las personas, sino por remover todas las restricciones a la creatividad, la genialidad, la destreza y, sobre todo, la cooperación para servir a los demás.
 
Sin función empresarial, reflejada en los beneficios empresariales, las necesidades se satisfacen al arbitrio, sin rumbo ni razón. Ése es el drama del socialismo; la hipertrofia de determinadas producciones sin demanda y la completa escasez de los bienes realmente requeridos. Desajuste que impedía el progreso, dilapidaba el capital y sumía al país afectado en una continuada decadencia.
 
Las largas colas del comunismo eran un reflejo de esta realidad. Los bienes producidos y realmente demandados eran tan pocos que su provisión resultaba insuficiente. La espera para su recepción se hacía insufrible, mientras proyectos megalómanos que a nadie interesaban consumían tiempo y recursos para mayor gloria del Partido.
 
Por mucho que lo deseara, Sampedro no podía negar esta realidad en su panfleto. De ahí que intente aminorar su gravedad: “En los países con sistemas económicos fuertemente planificados era frecuente la formación de largas colas de compradores para conseguir algunos productos (…) En los países occidentales también existen esas colas, sólo que resultan invisibles. [Esas colas las] integran los compradores atraídos por la oferta, pero que ni siquiera se acercan a la tienda porque no tienen dinero suficiente para adquirir los artículos que desean”.
 
La construcción de “cola invisible” se las trae. Una cola es una realidad física muy concreta que, desde luego, no puede ser invisible (tanto tiempo mofándose de la mano invisible para llegar a esto) La intención subyacente no es otra que la de equiparar la catástrofe económica del comunismo con la del capitalismo. Las colas visibles de aquél se compensan con las invisibles de éste. “Ni en el sistema de mercado ni el planificado hay existencias suficientes para abastecer de todo a todos. La diferencia esencial está en el modo de reparto (…) En un sistema de mercado la riqueza se reparte con mucha mayor desigualdad, y origina colas invisibles, porque sólo una minoría puede obtener los artículos deseados”.
 
No cabe duda de que en el comunismo el reparto de miseria se efectuaba con mayor equidad, como diría Churchill; pero, al margen de esto, tal argumentación denota un soberano desconocimiento de economía por parte del autor. No se trata de repartir la riqueza inmutable, sino de incrementarla. El comunismo era y seguirá siendo incapaz de crear riqueza, ya que en economía riqueza sólo es aquello que satisface alguna necesidad humana. Y la única manera de intuir cuáles son las necesidades ajenas es mediante la función empresarial. El comunismo generaba productos, cientos de miles de productos; la inmensa mayoría de ellos sin utilidad alguna. Acumulaba aparejos inservibles que nadie deseaba y, por tanto, despilfarraba los recursos escasos.
 
Con todo, hay que tener presente que la escasez es sólo una idea temporal; pese a que los seres humanos llevamos consumiendo durante miles de años productos del planeta Tierra, hoy la abundancia de ellos es mayor que nunca. El progreso económico deriva, en consecuencia, de la reducción permanente de las situaciones de escasez; todo lo contrario a lo que tendían las economías planificadas.
 
Mediante las reducciones de la escasez puede que las diferencias entre ricos y pobres se agranden; pero desde mi punto de vista resulta mucho más relevante colocar el acento en la creciente desigualdad entre los pobres de distintas épocas. El menesteroso de hoy vive mucho mejor que el menesteroso de hace 100 años (e incluso que el rico de hace 100 años); también el capitalismo promueve esta sana desigualdad, pese a que Sampedro no se la reconozca. Ignoro si al pobre le consolará mucho que todos sus congéneres vivan en la pobreza si a cambio tiene que renunciar a cualquier tipo de mejora en su situación económica. Lo ignoro, pero el refranero español nos deja una sabia enseñanza en relación con el mal de muchos.
 
Para Sampedro, aun así, existe un mercado especialmente denostable, el de la competencia monopolística. “En tales casos el comprador carece de libertad: si desea la mercancía ha de someterse al precio y condiciones que se le impongan”. El autor no puede evitar la contradicción contenida en tal afirmación. Ya, de entrada, podemos percibir que deberá ser el monopolio quien trate de servir las necesidades del consumidor; en caso contrario, éste no comprará la mercancía. Pero, además, si el individuo adquiere un bien o servicio será porque la satisfacción que deriva de la transacción supera el coste de oportunidad de la misma. No se impone nada al consumidor; sigue actuando conforme a su escala de preferencias. Si los precios son desmesurados o predatorios, el monopolio simplemente desaparecerá.
 
Con todo, Sampedro asegura que “los poderosos directivos y sus grandes empresas avanzan en la vida pateando triunfantes por encima de los pueblos”. ¿Cómo puede triunfar una empresa sin satisfacer a las personas? La acumulación de beneficios se produce porque los consumidores creen salir ganando en la transacción propuesta por la empresa; así, una acumulación de beneficios no señala más que una previa acumulación de necesidades satisfechas. Ninguna empresa puede avanzar pisoteando a los pueblos, sólo sirviéndolos.
 
Obviamente, Sampedro no acepta esta relación satisfacción/beneficios. “Las empresas persiguen una prosperidad reflejada en las máximas ganancias posibles, mientras que el interés común busca fines más variados a los que muchas veces hay que sacrificar el beneficio económico”. Claro que existen otros fines que no pueden conseguirse mediante las transacciones económicas. El problema es que sólo el individuo concibe y conoce esos fines. Las empresas no pueden dar satisfacción a ellos; suelen ser fines como el matrimonio o la realización espiritual, para los que se requieren determinadas conductas de otras personas o ciertos grados de destreza.
 
Pero si bien las empresas no pueden proporcionar el amor de otra persona, tampoco el Estado, vía mandato coactivo, puede lograrlo. Son casos en los que el individuo debe tener libertad para recurrir a sus destrezas personales; libertad, que si bien no proporcionada directamente por las empresas, sí obtenida en el mercado.
 
En este punto Sampedro se confunde seriamente. Pretende ilustrar su afirmación con el caso de la guerra: “Los beneficios del complejo industrial-militar crecen con las guerras, siempre dolorosas para los pueblos”. La guerra es, posiblemente, el mayor paradigma de cómo el Estado es capaz de ignorar los deseos de los individuos. Es importante señalar que el complejo industrial-militar sólo proporciona aquellos bienes que le son demandados por parte del Estado. Es éste, y no las empresas, quien pisotea a los pueblos, robándoles fiscalmente su dinero y demandando aquellos bienes, no deseados por los individuos, que, dado su deficiente conocimiento de la sociedad, considera necesario para alcanzar el bienestar común. La guerra es, precisamente, el mayor ejemplo de por qué el Estado es incapaz de satisfacer las necesidades de los individuos.
 
De ahí que cuando el autor afirma que, “en ocasiones, el poder público se ve obligado incluso a sustituir a la iniciativa privada, cuando ésta deja sin atender una necesidad o la satisface insuficientemente”, no haya más que responderle con el ejemplo de la guerra que él mismo acababa de exponer. Cuando la provisión de bienes y servicios se produce no en función de la estela de beneficios, sino según los criterios sapienciales del gobernante, el dislate no puede ser mayor.
 
Dislate que no queda corregido por el hecho de que las decisiones estatales se tomen democráticamente. Los efectos diluyentes de la soberanía del consumidor persisten, y la insatisfacción se extiende por doquier. La mayoría no es capaz de tomar decisiones empresariales, pues carece de conocimientos para ello; no puede elevarse como el mecanismo coordinador que distribuya los recursos escasos entre sus millones de usos dispares. Las restricciones económicas del socialismo no desaparecen, desde luego, con la democracia.
 
Sólo mediante los precios puede dirigirse la producción, y éstos se forman por el proceso de la valoración individual; el voto no valora, porque no es graduable ni atiende al coste; sólo expresa el deseo de una porción del poder omnímodo estatal. La mayoría medrará en detrimento de las minorías. No existen relaciones bilaterales; las decisiones afectan a todos por igual, la disensión desaparece y los gustos deben homogenizarse por decreto. Esa es la coordinación que ofrece el Estado, aun el democrático.
 
El autor desconsidera estos aspectos y ofrece una visión mucho más simplista y demagógica: “La ausencia de control [sobre las operaciones privadas] transfiere un gran conjunto de decisiones económicas importantes desde el ámbito gubernamental con control democrático hacia el campo del poder privado liberado del control ciudadano”. Sampedro no ha entendido o no ha querido entender qué es el mercado. Mantiene como cierto el viejo cliché comunista de una gran corporación llamada “mercado” que no responde ante nada ni ante nadie. La realidad es muy distinta: las empresas producen para los consumidores, su producción debe ajustarse con absoluta celeridad ante la perspectiva de una pronta quiebra.
 
El control de la cuenta de pérdidas y ganancias permite conocer si se está dando respuesta a las más elevadas necesidades o si se despilfarran recursos con otros usos prioritarios. El veredicto en este último caso no puede ser más tajante: la cesación de toda actividad. El mercado no perdona los errores, es un juez rígido y taxativo, a diferencia de los corruptos burócratas, quienes sólo abren la caja de Pandora cuando la situación se torna insostenible.
 
Hasta aquí hemos visto cómo el concepto que Sampedro tiene del mercado no puede ser más erróneo. Pervierte los términos, confunde las ideas e incurre en contradicciones de principiante. Su concepto de mercado no puede ser más caótico que la naturaleza que a éste quiere atribuirle. Un amasijo de ocurrencias sin fundamento que intenta pasar por una sólida teoría económica. Resulta, pues, flagrante que su concepto de globalización estará tanto o más degenerado a la luz de su “estructura económica”. Aun así, no deja de ser interesante profundizar en él.
 
La globalización
 
El primer concepto que Sampedro tiene de globalización es bastante simple y, quizá por ello, correcto: “Globalización es el nombre dado a la más moderna, avanzada y amplia forma del mercado mundial”. Siendo esto así, el autor podría habernos ahorrado la segunda parte del libro, ya que el análisis de la globalización se subsume dentro del análisis del mercado.
 
Aunque tal vez, pese a exponer tal definición, Sampedro no termina de creérsela, y por ello empieza a matizarla. Ese mercado mundial posee peculiaridades sustanciales que lo convierten, si cabe, en el más terrible de los mercados imaginables: “El objetivo de los operadores no es tanto incrementar la producción de bienes para elevar el nivel de vida colectivo, como multiplicar sus beneficios aprovechando diferencias en los tipos de cambio”.
 
Las diferencias en los tipos de cambio no son fruto del azar, sino que responden a políticas monetarias “relajadas”, con la consecuente pérdida de credibilidad en el valor real de las divisas. Inflar la oferta monetaria, aun imponiendo controles en los tipos de cambio, sólo conduce a devaluar una moneda frente a otras. De ahí que las palabras de Sampedro en otro de sus libros, La inflación: la prótesis del sistema (Barcelona, Montesinos, 1985), suenen un tanto hipócritas: “Estructuralmente hablando, la inflación es una necesidad para mantener el beneficio, en el estado actual de la sociedad francesa; lo que también es cierto para la inglesa y la americana”. La inflación es una necesidad para mantener el beneficio, ¿qué problema hay en que las empresas aprovechen esa “necesidad” para obtener beneficios?
 
Sólo los liberales, los defensores del patrón oro, tenemos un cierto ascendiente para criticar ese tipo de situaciones. Los que, como Sampedro, han batallado durante décadas para abandonar las restricciones emisoras del oro (con su derivada estabilidad de tipos de cambio) no merecen la más mínima atención en este sentido.
 
Mas ello no es óbice para traer a colación su siguiente argumentación estrella: “Mientras en la democracia cada persona encarna un voto, en el liberalismo económico el voto corresponde a cada unidad monetaria y no a cada ciudadano. La globalización es totalmente antidemocrática”.
 
No deja de ser una tragedia que el intervencionismo considere a las personas simples votos. Una persona es una persona, no un voto. El papel del individuo en la sociedad debiera ser mucho más elevado que el de depositar su opinión en una urna. El individuo es una suma de oportunidad y capacidades; el ser humano necesita desarrollar su personalidad y vivir su vida. El planteamiento de Sampedro reduce a la persona a una minúscula e irrelevante unidad de una ciclópea maquinaria social; no tiene otra función que la de participar en la toma de decisiones colectivas, no es más que un voto.
 
Pese a señalar que en el mercado cada unidad monetaria es un voto, ello es incierto. El mercado es mucho más que un conjunto de transacciones económicas voluntarias; es un ámbito libre de acción, donde la imposición violenta de fines se torna impensable. Las unidades monetarias de las que una persona dispone no son otra cosa que el reflejo de cuán satisfactoriamente ha servido a los demás. El ermitaño que fundamenta su vida en la producción de subsistencia no dispondrá de tales unidades monetarias, precisamente por no indagar en cómo complacer a sus vecinos. Las opciones de consumo de cada persona patentizan el grado en que ha sabido proporcionar al resto lo que necesitaban. No consume aquél que previamente no ha favorecido el consumo de otros.
 
Este avance de la globalización antidemocrática ha sido, casualmente, fruto del desmoronamiento del mayor baluarte de la democracia jamás conocido: la Unión Soviética. “La potencia política y militar de la Unión Soviética refrenó los abusos del poder económico. Su desplome ha dejado libre el paso a la expansión mundial del poder financiero y especulador”. Orwell no recurrió a tamaña infamia en 1984. Y es que muy elevado debe ser el grado de demagogia para presentar a la URSS como dique de contención de la antidemocracia. La sinvergüenza alcanza niveles mayúsculos y vergonzantes, ilustración de la catadura moral del autor.
 
Caído el centinela soviético de la democracia, la imperiosa necesidad de refrenar la ofensiva de esta “constelación de centros con fuerte poder económico y fines lucrativos” ha dado lugar a los denominados alegrenses, los opositores a la globalización, “un conjunto heterogéneo que abarca desde las más radicales posiciones antisistema hasta las más pacíficamente solidarias contra la injusticia y la pobreza”. El poder económico y académico, según Sampedro, ha lanzado una serie de infundios contra este movimiento: “El primero es el de cargarles a todos con la culpa de violencias registradas que –aparte de que serían reacción explicable a la opresión cotidiana de los abusos– sólo son imputables a mínimos grupos (…) El segundo es el de la negación de ideas sólidas [dentro del movimiento], frente al pensamiento liberal o único”.
 
En mi opinión, los estragos que origina el movimiento antiglobalización, altermundista o alegrense van mucho más allá que los circunstanciales destrozos originados en algunas ciudades. A diferencia de lo sentenciado por Sampedro, el armazón teórico del movimiento antiglobalización está obstruyendo la apertura al libre movimiento de mercancías, capitales y personas; único remedio a la situación de inanidad vivida en el Tercer Mundo. Con sus continuas prédicas, con sus ideas retorcidas, perpetúan una terrible situación de miseria, por la llana fatal arrogancia de no reconocer que se equivocaron. Prefieren experimentar cualquier solución estatalista en el Tercer Mundo antes de aceptar el único camino que, tanto racional como empíricamente, se ha constatado que funciona: el camino de la libertad.
 
Pese a la enorme influencia y el creciente prestigio “progre” del movimiento antiglobalización, a Sampedro le parece insuficiente. Habla de “publicaciones seriamente críticas con ese liberalismo” (la suya será todo un ejemplo) que no han obtenido el reconocimiento merecido. “Si toda esa teoría social disidente de la oficial y sus publicaciones son poco conocidas es porque el poder económico dominante y los autores a su servicio condicionan con aplastante superioridad los medios de comunicación social hasta el punto de ahogar las voces oponentes con sus técnicas manipuladoras de la información y desinformación”. Casualidades de la vida, pero el Sr. Sampedro es un ejemplo de todo lo contrario: catedrático y miembro de la Real Academia Española, no hay libro suyo que, tras la preceptiva entrevista en RTVE, no sea inmediatamente publicado.
 
Claro que puede que todo ello le parezca insuficiente; él, uno de los grandes sabios planetarios, merece mucho más. Merece el Nobel, estatuas, poemas, lecturas obligatorias de sus libros; merece tener el poder para implementar sus teorías vía coacción directa. Lo merece todo: adoración eterna al Mesías iluminado y ungido, al Gran Timonel español.
 
Y es que los alegrenses, los que han acatado los sermones de algunos profetas como Sampedro, son la encarnación del bien; los redentores de las oscuras fuerzas del capitalismo explotador. “Mientras que para los grupos globalizadores el objetivo supremo y absoluto es lograr las máximas ganancias, los objetores de esa recortada concepción de la existencia quieren dar sentido humano a todos los aspectos de la vida, orientándolos hacia el perfeccionamiento integral de la persona”. Ellos son los humanistas, los abnegados “progres” del bienestar planetario. La consecución de ganancias, esto es, la satisfacción de los deseos de las personas, es una actividad horrorosa, en tanto actividad independiente del programa vital que los objetores han diseñado para lograr el perfeccionamiento integral de la persona.
 
Sólo los intelectuales del altermundismo son capaces de pavimentar la senda hacia la felicidad, aun cuando el individuo, en principio, no sepa que ése es el camino conveniente. La coacción puede y debe ser una herramienta empleada para la realización de esos fines superiores programados por los alegrenses. Sampedro no duda en afirmar “la necesidad de una autoridad supranacional con jurisdicción planetaria y capacidad ejecutiva”. No debemos globalizar la libertad, sino la coacción. Ésa es la principal motivación del movimiento globalofóbico.
 
Sampedro
 
A lo largo de la reseña he tratado de exponer las insuficiencias teóricas del libro de José Luis Sampedro El mercado y la globalización. En él intenta retratar al movimiento antiglobalización como una especie de ángel custodio de los indefensos corderos en medio de las tinieblas del capitalismo. Las miserias del mercado se ven amplificadas en la globalización, origen de la explotación de los muchos por cuatro empresarios sin escrúpulos.
 
Pero no debemos confundirnos. Las conclusiones del libro no son nada inocentes. La fatal arrogancia de Sampedro alcanza los límites del autoritarismo intelectual, paso previo a la justificación de los medios en función de los fines. No existen medios desproporcionados, ante la magnanimidad de los objetivos. La represión es legítima, en tanto en cuanto se haga por metas superiores. Metas que sólo los iluminados como Sampedro alcanzan a vislumbrar. “Es ese otro mundo posible: un espacio que abarque todo para todos, más natural y más racional que el de la reducción economicista. Un mundo racionalmente alcanzable salvo a los ojos de los explotadores aferrados a sus privilegios, e imposible de ver para los cegados por el fundamentalismo del pensamiento único neoliberal”. Quien no comulgue conmigo es sospechoso.
 
Me resulta complicado encontrar un pensamiento neoliberal uniformizado y universalmente aceptado. Pero, sin duda, sí soy capaz de observar, con total facilidad, que la pretensión de Sampedro es imponer su unívoco discurso.
 
De hecho, sólo las personas de mala fe pueden negar, según él, la validez de sus teorías. Su libro fue escrito “para desengañar de la ‘libertad’ del mercado a las personas de buena fe”. Quienes hayan leído esta verdad revelada y sigan confiando en la libertad del mercado deberán replantearse su buena fe. Quizá sean unos explotadores “aferrados a sus privilegios” o estén “cegados por el fundamentalismo del pensamiento único”.
 
El nuevo orden mundial que plantea Sampedro es el orden mundial del gobierno único, de la coacción única, del pensamiento único. No cabe la divergencia y, al mismo tiempo, la buena fe. Ein Volk, ein Reich, ein Führer. Un mismo mundo sumido bajo un mismo Estado, guiado por las teorías dogmáticas de un mismo intelectual. “Un mundo racionalmente alcanzable”; alcanzable salvo para los que nos seguimos aferrando a nuestros privilegios, a los privilegios de nuestra libertad. Porque –no lo olvidemos– para Sampedro y una gran parte del movimiento antiglobalización la libertad es eso: un privilegio.
 
José Luis Sampedro, El mercado y la globalización, Barcelona, Destino, 2002.

Comentarios (2)

sin derechos
(2 de Abril de 2007)
1.
no sois nadie al lado del sr jose luis sampedro, hablais des de la ignorancia puesto que sois uno de los mayores particpantes de la movida la globalizacion donde los malos ganan a los pobres, los ignorantes roban a los pobres, los egoistas ganan a los pobres
Qué es la globalización ?
(26 de Septiembre de 2007)
2.
La tan cacareada globalización no es más que la implementación del moderno capitalismo, que se concreta en asegurar la ganancia de los grandes consorcios e irlos aumentándolos contínuamente.
Se hace posible con el enorme crecimiento del mercado adquisitivo, al sumar muchos miles de millones de consumidores de bienes de consumo. Los consumidores serán los principales proveedores de la riqueza, a través de su trabajo, y la globalización se encargará de alimentarlos, vestirlos y educarlos, para mantenerlos en una adecuada calidad de productores y consumidores. Sin estas dos condiciones elementales, no hay globalización posible.

Los que tienen la rienda de las cosas públicas, harán todo tipo de pseudas concesiones para poder mantener la propiedad sobre los medios de producción, su distribución y venta.

La felicidad de los pueblos, sigue siendo nada más que una muy lejana esperanza.

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Número 21-22

Número 21-22
Diciembre 2004

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